revolucion-industrial
  Consecuencias
 


Consecuencias



Durante el periodo de la producción artesanal y el trabajo domiciliado, las familias vivían en el campo en cercanías de la ciudad, tenían una casa más o menos digna, el jefe de familia, aunque trabajaba jornadas de muchas horas, definía sus ritmos de trabajo en coadyuvancia del conjunto familiar. Así que, incluso podían cultivar hortalizas para su propio consumo, es decir, el labriego producía casi todo lo que consumía, pero, en palabras de Lenin, la disolución de los campesinos creó el mercado interno para el capitalismo. Esta forma de vida fue trastocada con el proceso de innovación tecnológica auspiciada por la competencia por el mercado. La innovación bajo el capitalismo es producto de la necesidad de ganar cuotas de mercado, los primeros que llegan ganan más, pero al paso del tiempo la competencia trae consigo la contradicción de que la maquinaria sufre un “desgaste moral” es decir, su obsolescencia, con lo cual, es necesario su sustitución por una nueva máquina que durante un determinado lapso permitirá reducir el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir mercancías, generando un desplazamiento de la mano de obra, que a su vez genera una reducción del mercado, de forma tal que no todo lo que se puede producir se puede vender. Tal es la base material de la sobreproducción, causa primaria de las cíclicas crisis capitalistas, que se presentaron en la temprana época de 1825, 1836 y 1847, consiguiéndose una enorme productividad en Inglaterra de forma que era llamada el “Taller del mundo”. Es a mediados del siglo XIX que se consuma periodo de la Revolución Industrial. Así, tenemos que apenas en el año de 1764, vio la luz la primera máquina de hilar (Hargreaves), que de entrada fue seis veces más productiva que la rueca, lo que implicó automáticamente el inicio del desplazamiento de mano de obra, con lo cual, la innovación significó la ruina del obrero manual. Aunque dos mil años antes los griegos habían inventado la máquina hidráulica, fue en el marco de la Revolución industrial en Inglaterra que tuvo un uso práctico. Durante el esclavismo de los griegos no tenía sentido alguno ahorrar en la fuerza de trabajo, pero bajo la lógica del capitalismo, es decir, de la máxima ganancia posible al menor costo, la reducción del tiempo de trabajo para producir mercancías -no como productos en sí mismos, sino para el intercambio entre personas, comunidades y clases-, la máquina de vapor significó un enorme salto cualitativo en las relaciones de producción. Ya para 1807 Inglaterra asistió al surgimiento de la locomotora (Stephenson) lo que atizó infinidad de prejuicios basados en el sentido común, según los cuales, por ejemplo, la velocidad del tren y la ruptura del aire en contacto con el cuerpo humano podía provocar desde pulmonía hasta pleuresía y asfixia, etc. En 1815 se asistió al buque de vapor (Fulton). Ambos, la locomotora y el buque, acortaron las distancias y significaron la expansión del mercado en niveles nunca antes vistos. “Estas máquinas, que costaban mucho y, por eso, sólo estaban al alcance de los grandes capitalistas, transformaron completamente el antiguo modo de producción y desplazaron a los obreros anteriores, puesto que las máquinas producían mercancías más baratas y mejores que las que podían hacer éstos con ayuda de sus ruecas y telares imperfectos. Las máquinas pusieron la industria enteramente en manos de los grandes capitalistas y redujeron a la nada el valor de la pequeña propiedad de los obreros (instrumentos, telares, etc.), de modo que los capitalistas pronto se apoderaron de todo, y los obreros se quedaron con nada. Así se instauró en la producción de tejidos el sistema fabril. En cuanto se dio el primer impulso a la introducción de máquinas y al sistema fabril; este último se propagó rápidamente en las demás ramas de la industria, sobre todo en el estampado de tejidos, la impresión de libros, la alfarería y la metalurgia. El trabajo comenzó a dividirse más y más entre los obreros individuales de tal manera que el que antes efectuaba todo el trabajo pasó a realizar nada más que una parte del mismo. Esta división del trabajo permitió fabricar los productos más rápidamente y, por consecuencia, de modo más barato. Ello redujo la actividad de cada obrero a un procedimiento mecánico, muy sencillo, constantemente repetido, que la máquina podía realizar con el mismo éxito o incluso mucho mejor. Por tanto, todas estas ramas de la producción cayeron, una tras otra, bajo la dominación del vapor, de las máquinas y del sistema fabril, exactamente del mismo modo que la producción de hilados y de tejidos. En consecuencia, ellas se vieron enteramente en manos de los grandes capitalistas, y los obreros quedaron privados de los últimos restos de su independencia. Poco a poco, el sistema fabril extendió su dominación ya no sólo a la manufactura, en el sentido estricto de la palabra, sino que comenzó a apoderarse más y más de las actividades artesanas, ya que también en esta esfera los grandes capitalistas desplazaban cada vez más a los pequeños maestros, montando grandes talleres, en los que era posible ahorrar muchos gastos e implantar una detallada división del trabajo. Así llegamos a que, en los países civilizados, casi en todas las ramas del trabajo se afianza la producción fabril y, casi en todas estas ramas, la gran industria desplaza a la artesanía y la manufactura. Como resultado de ello, se arruina más y más la antigua clase media, sobre todo los pequeños artesanos, cambia completamente la anterior situación de los trabajadores y surgen dos clases nuevas, que absorben paulatinamente a todas las demás, a saber:

I. La clase de los grandes capitalistas, que son ya en todos los países civilizados casi los únicos poseedores de todos los medios de existencia, como igualmente de las materias primas y de los instrumentos (máquinas, fábricas, etc.) necesarios para la producción de los medios de existencia. Es la clase de los burgueses, o sea, burguesía.

II. La clase de los completamente desposeídos, de los que en virtud de ello se ven forzados a vender su trabajo a los burgueses, al fin de recibir en cambio los medios de subsistencia necesarios para vivir. Esta clase se denomina la clase de los proletarios, o sea, proletariado”.[1]


 


 




El impacto en las condiciones de vida de la clase obrera no se hizo esperar, como indicadores el alcoholismo, el crimen, la prostitución se incrementaron exponencialmente. Por ejemplo, mientras en 1805 había en 4 mil 605 presos, veinte años después, en 1825 la cifra ascendía a 14 mil 737 presos. En la obra de Engels La situación de la clase obrera en Inglaterra podemos leer acerca del significado de las terribles condiciones que la acumulación originaria de capital trajo para la naciente clase obrera. Las jornadas eran de hasta 18 horas, de forma despiadada fue abriéndose paso el desarrollo de grandes ciudades, en las que se presentó un hacinamiento de la clase obrera en casas míseras, el trabajo infantil era cotidiano, los niños prácticamente estaban atados a las máquinas, y en ocasiones preferían dormir en vez de comer, o se quedaban a dormir ahí mismo en la fábrica cayendo exhaustos.

Al respecto en la citada obra, Engels nos dice:
“Las viviendas en sótanos en los suburbios son por lo menos tan numerosas y así el número de personas que viven en la aglomeración de Manchester en sótanos, se eleva por lo menos a 40 mil ó 50 mil. Esto es lo que se puede decir de las viviendas obreras en las grandes ciudades. La manera por la cual se satisface la necesidad de alojamiento es un criterio por el cual se satisfacen todas las demás necesidades. Es fácil concluir que únicamente una población andrajosa, mal alimentada puede vivir en esos cubiles sucios. Y ello es realmente así. En la inmensa mayoría de los casos la ropa de los obreros se halla en muy mal estado. Los tejidos que se utilizan para su confección ya no son los más apropiados; el lienzo y la lana casi han desaparecido del ajuar de ambos sexos, y el algodón los ha sustituido. Las camisas son de calicó, blanco o de color; asimismo, las ropas de las mujeres son de indiana y raramente se ve ropa interior de lana en las tendedoras.” Y respecto al trabajo infantil: “...






La ley fabril de 1833 que prohibió el trabajo de los niños menores de 9 años (excepto en las sederías), limitó la duración del trabajo infantil, entre 9 y 13 años de edad, a 48 horas por semana o al máximo de 9 horas diarias, la del trabajo de aquellos entre 14 y 18 años, a 69 horas por semana o a lo sumo 12 horas diarias, fijó un mínimo de una hora y media para la comida y prohibió una vez más el trabajo nocturno para todos los menores de 18 años.” Si esto fue un avance jurídico en la lucha de la clase obrera, imaginemos cómo fue antes de la ley fabril de 1833, de forma que nos permite entender la razón del porqué el promedio de vida de las zonas industriales en 1812 era de 26 años, en 1827 de 22 y ese mismo año el promedio de vida de los hijos de los obreros algodoneros era de 2 años, mientras que el de los hijos de los sectores acomodados era de 29 años.

¿Por qué primero en Inglaterra?

A pesar de que Inglaterra entró tarde al reparto colonial, fue en ese país donde primero se desarrolló la Revolución industrial. En los siglos XVI y XVII había en Europa Estados nación mucho más ricos que Inglaterra, por ejemplo: España y Portugal. ¿Por qué no surgió la Revolución industrial ahí? Estas dos potencias feudales se disputaban el mundo. Los portugueses incursionaron a través de las costas de África, y los españoles financiaron el viaje de Cristóbal Colón. Intentando llegar a un acuerdo en el famoso tratado de Tordesillas en 1494, dividiéndose el mundo por un meridiano imaginario que presuntamente dividía en dos al planeta. Las tierras al Oeste se asignaban a España y al Este a Portugal. Esto es una muestra del nivel del control que en la época lograron potencias distintas a Inglaterra. Sin embargo, para el desarrollo de la industria capitalista no basta el desarrollo del comercio colonial y el capital comercial. La riqueza de las colonias españolas y portuguesas alimentó al feudalismo, es decir, a pesar de que la tendencia histórica del feudalismo iba hacia la baja, el descubrimiento de América fortaleció al feudalismo de forma tal que el trabajo productivo era considerado digno de desprecio. En todo este proceso estuvo presente el papel conservador de la monarquía, la iglesia católica y la burocracia del Estado feudal, por ejemplo, los reyes católicos patrocinaban las guerras de conquista a condición de que fuese sobre bases feudales, eso explica en parte el hecho de que a pesar de que desde el siglo XII encontramos elementos de desarrollo capitalista en Florencia, ulteriormente su base material haya sido aniquilada. Al contrario de Holanda cuya política colonial estuvo unida al desarrollo de la manufactura, pero tampoco ahí se generó primero el esplendor de la Revolución industrial, ya que Holanda perdió su enlace con la base de producción pues optó por el papel comercial de intermediario y la usura, faltando entonces el entronque entre el comercio colonial y la industria de la metrópoli. Inglaterra entra a la escena de la política colonial casi al mismo tiempo en que tocaba a su fin la lucha contra el absolutismo feudal, pero a diferencia de los países mencionados, en Inglaterra la revolución burguesa de mediados del siglo XVII, expresada en la dictadura de Cromwell, jugó un papel fundamental para explicar el ulterior desarrollo de la industria. El gobierno de Oliver Cromwell —bonapartismo clásico— se basaba en el surgimiento de la sociedad burguesa. Explica el marxista sudafricano Ted Grant en su obra Rusia, de la revolución a la contrarrevolución: “El dirigente de la revolución inglesa, Oliver Cromwell, utilizó su Ejército Modelo para disolver el parlamento (...) Los moderados presbiterianos que dominaban el parlamento representaban los primeros despertares incoherentes y poco claros de la revolución. Llegados a cierto punto, se transformaron en una fuerza conservadora, bloqueando el paso a las masas pequeño-burguesas radicalizadas, que querían ir más allá”.







La burguesía no necesitaba una doctrina científica para derrocar al feudalismo. Todo lo contrario, tuvo que basarse en ilusiones porque iba a introducir el “Reino de Dios sobre la tierra” (Cromwell), para que las masas no lucharan por la propiedad. Y continúa Ted: “Cuando estudiamos el desarrollo de la sociedad burguesa, vemos que la autocracia de un individuo, con las determinadas contradicciones sociales, servía a las necesidades del desarrollo de esa sociedad. Está claramente demostrado en el dominio de Cromwell y Napoleón. Pero aunque ambos mantenían una base burguesa, en un estadio determinado de la autocracia burguesa, se convierte, de un factor favorable para el desarrollo de la sociedad capitalista, en un obstáculo para el pleno y libre desarrollo de la producción burguesa”. Es así cómo a partir de enormes contradicciones, el protectorado de Cromwell sentó hasta determinada magnitud las bases para el desarrollo del capitalismo industrial en Inglaterra, en donde el trabajo domiciliado y la manufactura de lana ya existían, es decir, el feudalismo ya había sucumbido como fundamental modo de producción antes de que estallara la gran irrupción industrial y por tanto, el capital comercial fue fecundado por las riquezas coloniales no surgiendo desarticuladamente de su base de producción, sino con un íntimo enlace entre la producción de la metrópoli y el comercio exterior. Fue así como el capital comenzó a fluir a los centros industriales.




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