revolucion-industrial
  Consecuencias 2
 

La lucha contra las máquinas: el Luddismo



Tenemos entones que la clase obrera había nacido como estrato social en un violento parto llamado acumulación originaria y, su primera reacción mínimamente organizada contra la explotación capitalista se expresó a través de las protestas por más salario y de ahí a la destrucción física de las máquinas, símbolo de la opresión. Esto es lo que históricamente se conoce como Luddismo, atribuido a un tejedor de nombre Ned Ludd, de quien no se tienen registros claros sobre su existencia, pero supuestamente destruyó a golpes un telar. Fue surgiendo en el inconsciente colectivo un cause a la frustración acumulada por la brutal explotación, una resistencia activa y violenta, una venganza a la postración de haber perdido el “paraíso” del trabajo domiciliado y artesanal. Destrucción de máquinas, incendios de fábricas, motines y revueltas, una expresión de furia y desesperación. A esto se sumaba el robo a las residencias de las clases acomodadas, la coerción a los comerciantes para reducir precios ó regalar víveres a las mujeres al grito de “hagamos lo que Ludd”, “en nombre del General Ludd”, “son órdenes de Ludd”. Este fenómeno se reprodujo en otros países de la Europa que fue integrándose al desarrollo industrial, Alemania, Francia, Italia y Bélgica presenciaron la destrucción de máquinas, dado que la introducción de maquinaria implicaba el desplazamiento de la fuerza de trabajo. Recordemos que en 1764 surgió el invento de la primera máquina de hilar de Hargreaves. Cinco años después, en 1769 se erigió la primera ley contra los asaltos a máquinas y edificios fabriles. En 1811 los luddistas eran decenas de miles con relativa simpatía entre las masas. En 1812 se decretó una ley de pena de muerte contra luddistas (contra la que se opondría el poeta Lord Byron miembro de la Cámara Alta: “La miseria de nuestro pueblo es hoy más angustiosa que nunca”), y en 1813 fueron ahorcados 18 de ellos, siendo sofocado el movimiento luddista aunque se reprodujo en menor magnitud en 1816. El luddismo fue la antesala de luchas duras y largas hasta arrancar reconocimiento jurídico de sindicatos. Por supuesto que la destrucción de las máquinas era una alternativa reaccionaria que iba en contra del desarrollo de las pujantes fuerzas productivas, fue una expresión infantil de la primera clase obrera de la historia, y era por tanto, cuestión de experiencia, de acumular trabajo y eso introduce el ingrediente del tiempo, aunque la experiencia no sólo está en función del tiempo, sino de la intensidad y recurrencia de los sucesos, para que la clase obrera fuese elevando su nivel de comprensión de la realidad a la que asistía, y pudiese experimentar otras vías de organización. Los trabajadores no iban a la fábrica a luchar o a realizar huelgas por el gusto de hacerlas, sino que iban para conseguir el pan para sus hijos, su forma de pensamiento era muy concreta y aprendían no de los libros sino de la experiencia propia. Por supuesto que la experiencia del luddismo dejó lecciones al naciente movimiento obrero, sobre todo de lo que no debía de hacerse y del factor de la cantidad, del peso específico de su cantidad como clase y de su papel en las relaciones de producción. Es así como fue pasando, como explica Marx, de clase en sí a clase para sí.







La reforma de 1831



El periodo de 1815 a 1822 fue especialmente furioso por la atmósfera que provocó el fin de las Guerras Napoleónicas, un período de desarrollo económico sin precedentes, fue precisamente el período de la Revolución Industrial, “... que a su vez, estaba íntimamente relacionado con un acontecimiento no económico, el final de las Guerras Napoleónicas. Esto permitió la recuperación del comercio internacional y un comercio relativamente más libre, provocando una abrupta caída de los precios agrarios y una depresión agrícola, pero al mismo tiempo, proporcionó un poderoso estímulo al desarrollo industrial. (...) La caída del precio del trigo, fue precisamente la condición previa para un auge sin precedentes del capitalismo”. [Alan Woods. El marxismo y la teoría de las “ondas largas”]

Con el fin de la guerra en 1815 (la derrota de Napoleón frente a Wellington en la batalla de Waterloo), se da un retorno de una masa de fuerza de trabajo que vino a sumarse al desplazamiento provocado por la innovación tecnológica, provocando reacciones y protestas; es precisamente en ese periodo cuando se impone la represión a los luddistas. ¿Qué hacer entonces?, está visto que destruir las máquinas no era el camino. La clase incursiona en sus métodos, con vacilaciones y contradicciones, como un bebé que esta caminando por vez primera. En 1817 se organiza la primera “marcha de hambre” hacia Londres, dejando estupefacto a todo mundo, empezando por la propia clase obrera que empieza a darse cuenta del factor fundamental de su cantidad; ya no es una lucha individual contra una máquina, sino empieza a ser una lucha colectiva, de una clase desposeída, contra otra poseedora. En 1819, el 16 de agosto, se organiza un mitin enorme, más de 80 mil almas congregadas en Saint Peter’s Field, que es repelido con 20 muertos y 400 heridos con el ejército comandado por quien venció a Napoleón en Waterloo, el general Wellington. A pesar de la masacre de Peterloo –como se dio en llamar- la agitación siguió creciendo, así que en noviembre de ese mismo año el parlamento legisló una ley represiva que se conoce como las Seis Leyes, que pretendía clausurar el avance de la organización del movimiento obrero, prohibiendo reuniones y todo tipo de actividades que atentaran contra la “paz social”, por ejemplo, pusieron un elevado impuesto de timbre a la prensa para hacerla inaccesible a la clase obrera.





 




A ese momento seguían existiendo elementos feudales en la pujante sociedad industrial. El parlamento inglés era un instrumento de los terratenientes, de tal forma que las nuevas ciudades creadas al calor de la industrialización no tenían representación en el parlamento, mientras que pueblos rurales -incluso de un solo elector-, sí tenían representación parlamentaria. Esta situación desfavorecía a la burguesía, que tenía por tanto que arrebatarles a los terratenientes el control del parlamento, pero no podía hacerlo por sí misma, así que usó al movimiento obrero. En 1824, el parlamento inglés, presionado por el movimiento obrero de masas, tuvo que promulgar un acto aboliendo la prohibición de las uniones obreras que ya para 1825 había ganado la libertad de legal de asociación creando sindicatos o uniones, que desde un inicio nacieron con una dualidad de política frente a la burguesía: el ala conciliacionista y, una minoría que pugnaba por la independencia de clase respecto a la burguesía. Esta última se agrupó entorno a un periódico no timbrado llamado “El abogado del pobre” y que fue publicado de 1831 a 1835 negándose a pagar el impuesto de timbre y con un cintillo que rezaba: “Se publica ilegalmente, para probar el poder del derecho contra el poder de la fuerza”. Al fragor de la lucha el movimiento obrero organizado se fue haciendo un espacio en el escenario de la lucha de clases. Yendo de menos a más, de lo simple a lo complejo, de lo concreto a lo abstracto, de lo económico a lo político, obteniendo conclusiones prácticas a través del ensayo y el error. La oposición radical de la burguesía a las leyes fabriles, poco a poco fue cambiando. Las leyes fueron siendo asimiladas ante la lucha del movimiento obrero que fue tomando expresiones más organizadas y más políticas en el movimiento Cartista. Llegado a un punto, el movimiento obligó a la burguesía a aceptar las leyes fabriles y se fueron extendiendo a todas las ramas de la industria. “Los sindicatos, considerados hasta hacía poco, obra del diablo, eran mimados y protegidos por los industriales como instituciones perfectamente legítimas y como medio eficaz para difundir entre los obreros sanas doctrinas económicas. Incluso se llegó a la conclusión de que las huelgas, reprimidas hasta 1848, podían ser en ciertas ocasiones muy útiles, sobre todo cuando eran provocadas por los señores fabricantes en el momento que ellos consideraban oportuno. Aunque no desaparecieron todas las leyes que colocaban al obrero en una situación de inferioridad con respecto a su patrono, al menos las más escandalosas fueron abolidas”.[3] Finalmente, en 1831 la burguesía en alianza con el sector conciliador del movimiento obrero, logró arrancar la reforma al parlamento. Los sindicatos se situaron a la cabeza de un movimiento político que consiguió: -Representación parlamentaria a distritos urbanos despojando a los rurales -Voto condicionado a habitantes que pagasen un alquiler no inferior a 10 libras esterlinas por año -El padrón electoral se incrementó en 130 mil personas Como explica Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra: "La reforma parlamentaria de 1831 había sido la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia terrateniente. La abolición de las leyes cerealistas fue la victoria de los capitalistas industriales no sólo sobre los grandes terratenientes, sino también sobre los sectores capitalistas -bolsistas, banqueros, rentistas, etc.-, cuyos intereses eran más o menos parecidos o estaban más o menos ligados a los intereses de los terratenientes. El libre cambio significaba la reorganización, en el interior y en el exterior, de toda la política financiera y comercial de Inglaterra de acuerdo con los intereses de los capitalistas industriales, que constituían desde ese momento la clase representativa de la nación. Y esta clase puso manos a la obra con toda energía. Cualquier obstáculo que se opusiese a la producción industrial era barrido implacablemente. Las tarifas aduaneras y todo el sistema fiscal fueron transformados radicalmente. Todo quedó supeditado a un objetivo único, pero a un objetivo que tenía la máxima importancia para los capitalistas industriales: abaratar todas las materias primas, y principalmente, todos los medios de subsistencia de la clase obrera, reducir el precio de coste de las materias primas y mantener los salarios a un bajo nivel, cuando no reducirlos aún más. Inglaterra tenía que convertirse en ‘el taller industrial del mundo’; todos los demás países tenían que ser para Inglaterra lo que ya era Irlanda: mercados para su producción industrial y fuentes de materias primas y de artículos alimenticios. ¡Inglaterra, gran centro manufacturero de un mundo agrícola, con un número siempre creciente de satélites productores de trigo y algodón girando en torno al sol industrial!”.Pero la clase obrera quedó igualmente sin poder votar[4]. Como una burla, el mismo parlamento arrancado a los terratenientes para la burguesía con la fuerza de la clase obrera, en 1834 lanzó un ataque a los trabajadores con la reforma a la Ley de beneficencia, que implicó la reducción del subsidio a obreros domiciliados, reducción de gastos de asistencia pública: de 6.5 millones de libras a 4.5 millones en 1841, legalizó la explotación del trabajo infantil en 1833 al que hace alusión Engels más arriba y, aceleró proletarización de pequeños productores empujándolos a las fábricas, en donde se formaron “Casas de trabajo” para capacitar a los obreros, en realidad cárceles de trabajadores en donde se separaba a las familias. Aquí vemos claramente un ejemplo primigenio de cómo la política de conciliación entre la burguesía y los obreros sólo trae consecuencias negativas a la clase obrera. Así ha sido a través de la historia del movimiento obrero, siempre y cuando la base no presione por una política de independencia de clase, los elementos conciliacionistas obtienen provecho individual a costa de hipotecar y vender el movimiento.




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